Saludo del Superior Provincial en el día de nuestra Madre de La Merced

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Saludo del Superior Provincial en el día de nuestra Madre de La Merced

 2293e4482ba4cc3c3a287dbbf30f9136_XLEn este día que celebramos a la Virgen de la Merced, el padre provincial fray Ricardo Morales Galindo, envío un mensaje a los sacerdotes y laicos mercedarios:

Santiago, 23 de septiembre de 2015

Estimados hermanos religiosos y laicos mercedarios:

En las vísperas de la celebración de nuestra Madre la Virgen de la Merced, quisiera hacerles llegar por medio de estas letras mi más cordial saludo y ferviente oración, en la oportunidad que como mercedarios tenemos de celebrar a nuestra celestial patrona y fundadora.

Pretendo detenerme en algunas consideraciones en torno al pasaje del Evangelio relatado por Juan que leemos en la liturgia de la solemnidad de nuestra Madre. Lo conocemos bien, pero considero relevante que contemplemos algunos aspectos.

El primero dice relación a las palabras de Juan 19, 27: “Desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. Podemos entender estas palabras, en el sentido que el discípulo acoge como “cosa suya” a la Virgen María. Es, como lo hemos escuchado en más de una oportunidad, un “testamento” de Jesús. En ese “testamento” que pronuncia el Maestro en la cruz, comprendemos que sus palabras se dirigen a cada uno de nosotros, y por lo tanto, cada uno acepta a María en su casa. Recibimos a la Madre en nuestro hogar, Señora que se nos entrega en el momento de la “última voluntad” del testador. Acogemos por lo tanto la “herencia” no como simples herederos, sino como “discípulos”.

San Juan señala varias características del discípulo, entre ellas: ha de guardar los mandamiento de Jesús (Jn. 14, 14. 21. 23), partiendo de un amor a Dios (1 Jn 5, 2); los discípulos han de amarse mutuamente como los amó Cristo (Jn. 13, 35; 15, 12); han de creer que Jesús ha sido enviado por Dios (Jn. 17, 8); han de adoptar una actitud de humildad y servicio, siguiendo el ejemplo del Maestro (Jn. 13, 13-17), etc. Ahora, en el pasaje de Jn. 19, 27, se agrega algo más que el discípulo ha de poseer: ha de tener a María como “cosa suya”.

La palabra “acoger”, “recibir”, que podemos encontrar en algunas traducciones de este texto, implica del discípulo, por sobre todo, un comportamiento filial con respecto a María. San Juan Pablo II en Redemptoris Mater, nos dice: “…el cristiano, como el apóstol Juan, ‘acoge entre sus cosas propias’ a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su yo humano y cristiano” (Cfr. SS. Juan Pablo II, Redemptoris Mater nº 45). Esto trae una profunda consecuencia, pues como expresa Juan Pablo II, esta acogida va más allá de una hospitalidad material en la casa: “quiere decir más bien una comunión de vida que se establece entre los dos en base a las palabras de Cristo agonizante” (Ibíd).

Lo anterior nos permite preguntarnos: ¿hay espacio en mi “casa interior” para la Madre?,  y si sólo fuera parcialmente ese espacio para acoger o incluso no existiera: ¿qué objetos llenan mi casa?. Muchas veces comprobamos que nos llenamos de un sinnúmero de cosas que terminan ahogándonos e impidiendo que podamos establecer esa “comunión de vida” con la Virgen.  En esta perspectiva, el Papa Benedicto XVI señalaba en relación a lo que ahoga al hombre: “La cultura actual, profundamente marcada por un subjetivismo que desemboca muchas veces en el individualismo extremo o en el relativismo, impulsa a los hombres a convertirse en única medida de sí mismos”, y también expresa: “El hombre tiende a replegarse cada vez más en sí mismo, a encerrarse en un microcosmos existencial asfixiante, en el que ya no tienen cabida los grandes ideales, abiertos a la trascendencia, a Dios” (Cfr. SS. Benedicto XVI. Mensaje a los miembros de las Academias Pontificias, 5 de noviembre 2005).

Como mercedarios estamos invitados, más bien, es nuestra vocación, abrirnos a esa “comunión de vida” con María, que es camino a Cristo, único centro y sentido de nuestra existencia; aún cuando nuestra “casa interior” pueda estar llena de tantas “cosas” que no son Dios: ansias de poder, egoísmo, envidia, rencor, mentira, etc. Como muy bien nos decía la segunda lectura de el Domingo recién pasado, esos cachivaches, pueden explicar mucho de nuestra forma de actuar: “¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes?¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan”. (Santiago 3, 16-4, 3).

Hermosamente nuestra tradición mercedaria nos recuerda esa relación de intimidad que estamos llamados a establecer con nuestra Madre celeste: “No basta que, como el simple cristiano, la venere alabándola cada día con dirigirle alguna deprecación; es necesario que la ame con un amor tierno y filial”, y también: “imprimir como un sello indeleble en su corazón la devoción a María, que en sus pensamientos, palabras y obras se encuentre María, que nada les guste sin María, y nada les desagrade con María, y que todo lo emprendan y hagan en su nombre” (Cfr. Armengol Valenzuela. El Mercedario instruido en los deberes de su estado. 1899)

A esto quisiera invitarlos hermanos, que podamos dar acogida en el “espacio interior”, en la intimidad de nuestro corazón, a nuestra Madre; que como expresaba San Agustín, podamos tomarla con nosotros “no en sus heredades, porque no poseía nada propio, sino entre sus obligaciones que atendía con premura”.

De esta forma la Virgen María al estar en Dios y con Dios, puede estar cerca de cada uno de nosotros, estableciendo esa relación filial que nos viene desde el testamento de la Cruz. Ella conoce nuestro corazón, y puede escuchar nuestras oraciones, ayudándonos con su bondad materna.

Como manifestaba el Papa Benedicto XVI: “El hecho de que María está totalmente en Dios  es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque Ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa…En María la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza”.

Cada uno de nosotros, hijo de esta Madre del cielo, engendrado de un modo único e irrepetible, “es rodeado del mismo modo por aquel amor materno, sobre el que se basa su formación y maduración en la humanidad.” (Cfr. SS. Juan Pablo II, Redemptoris Mater nº 45). Que podamos crecer en esta relación filial  cada día, y al celebrar a nuestra Madre este 24 de septiembre, podamos renovar al pie del altar nuestra vocación de hijos de María, escogidos y sostenidos desde su corazón de Madre.

Concluyo esta sencilla reflexión deseándoles una excelente y celebrada fiesta con cada una de sus comunidades, me uno a ustedes en la oración común de hijos, e imploro a Dios por cada una de sus necesidades, como por las de nuestra comunidad provincial, en tiempos en que el Señor se nos hace especialmente presente. Elevamos los ojos al cielo diciéndole a nuestra Madre con la voz de la Iglesia:

Ave maris Stella,                                              Salve Estrella del mar,

Dei Mater alma,                                                Santa Madre de Dios,

atque semper Virgo,                                         y siempre Vigen,

felix caeli Porta.                                               feliz Puerta del cielo.

Monstra te esse matrem:                                 Muestra que eres madre:

sumat per te preces,                                         reciba nuestras súplicas

Qui pro nobis natus                                            por medio de Ti, Aquél que, naciendo por nosotros,

tulit esse tuus.                                                   aceptó ser Hijo tuyo.

Fraternalmente en  Cristo,

Fr. Ricardo Basilio Morales Galindo. O. de M.

Provincial

Fuente: wwwmercedarios.cl

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